MEMORIAS DE UNA MAAKIANA

Díselo tú, si puedes. Ven y le dices a ese niño que te comenta ilusionado ‘España, Insha’Alláh’, que no lo haga. Ven y le explicas que al otro lado de la frontera el maná no cae del cielo. Ven a contarle que Europa mira para otro lado mientras el Estrecho se llena de tumbas flotantes. Ven y le dices que este es su pasado, presente y futuro y que no persiga un sueño. Ven a crear ilusiones muertas, niños moribundos. Yo, no lo haré. Si quieres ven y le dices a esa niña que hoy me preguntó si yo tenía hijos y al contestar que no me interrogó: ‘¿tu quieres ser mi mamá, si?’, que no aceptaré ser su mamá de alquiler 11 días. Ven a decir al chaval del Congo que te pregunta cómo se dice peligro en castellano, que hay sonidos más bonitos. Ven, para que puedas entender porqué lo hago cada año. Porqué cada vez que ves en un rostro la esperanza te viene a la mente la imagen de Aylan muerto en la orilla de una playa. Porque solo cruzando el Estrecho sabes lo que hay tras él. Porque sólo así se entienden los motivos y las razones, esas que tanto te cuestan verbalizar para hacer entender que detrás de una niña que vende pañuelos de papel hay un ejército de pirañas y que ella solo, y eso es todo, tiene hambre. Quizás no me entiendas, no nos entiendas, no te culpo, pero… no me juzgues. Si nunca has conocido a un niño al que le puede más la vergüenza que una alergia, que prefiere pasar dolor a que le vean mal o a que nos preguntemos qué hacen por ayudarle los adultos que por él velan, tal vez, no nos entiendas. Esto es otro lenguaje. Detrás hay motivos, rostros, nombres, miradas, complicidad, miedo, angustia, penas. Tras esas historias hay nombres, sonrisas, miradas, lucha, dignidad, hay toda una guerra. Una batalla interna de niños perdidos porque nacieron sin brújula materna. De hombres que no saben lo que quieren porque nunca tuvieron vereda. De adultos que arañan suelas de zapatos ajenos sin remordimientos ni condenas. Ven a entender porque el afán de alguien es contar una y otra vez, que vivió en España, aunque fuera en la trena. Ven, a guardar silencio, a apretar puños, a morderte la lengua y a coger fuerza para saber cuál es la lucha y si lo haces, identificas a una legua; a uno que va en silla de ruedas para disimular su capa de Superman, no vaya a ser que alguien lo sepa, que aquí cuando te descuidas todo vuela. Otra es una sirena, pero sus cantos son versión ‘heavy’ para ahuyentar a un autismo que la condena. Hay un eslabón perdido que lo sabe pero abraza tan fuerte que hace que su corazón mantenga a la esperanza en vela. Hay un niño lobo que rompe el cuento porque no entiende nada, pero llora con las ausencias y eso te parte el alma. Y existe una niña con orejas de conejo que aún no entiende su escena, a su lado el niño-penas al que se le olvida el llanto si encuentra su cuna en unos brazos, ambos son hermanos. Y están los que orbitan, los que salen del centro de las estrellas, para dar vueltas y recoger una mirada perdida, una mano tendida, una sonrisa escapada… son mayores, y no buscan nada, pero tienen la necesidad de venir, de ver que estamos allí. Ven y descubre como hablan las miradas, como suenan las palabras, como reconfortan los abrazos, como duelen las lágrimas. Ven a decir a estos niños y niñas que son montañas, desiertos, mares y playas. Ven y les cuentas que las posibilidades están en ellos, que son la fuerza, el motor, el impulso y que los maakianos solo les dibujamos las alas, soplamos sus sonrisas y abrazamos sus almas. MAAK, lucha, luchamos, por los derechos de la infancia.

Mayra Herrero.

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